martes, 20 de agosto de 2019

VIDA, Sudáfrica 2019

Y así sin más, dos años más tarde, te encuentras compartiendo el rojo amanecer de Sudáfrica.
Empieza un nuevo día y te preparas para descubrir un sinfín de experiencias, sensaciones y emociones que inevitablemente dejan una huella imborrable en ti.

Mientras observas la vida salvaje, ese amanecer que enciende el cielo y tus ojos, el elefante bebiendo agua, el rinoceronte caminando hacia nosotros, el miedo en la jaula ante el gran tiburón blanco, el cielo estrellado y la vía láctea en Leshoto, las grandes extensiones de tierra vistas desde la ventana del camión, los niños saludando sonrientes o el pájaro de colores vivos posando en el tronco de la acacia, es inevitable sentirte muy afortunada. 

Viajar te obliga a postergar el pasado, y al presente lo absorbe la inquietud de lo inmediato. Viajar es romper con todo, es entender que todo el mundo se equivovca, comprender la suerte que tenemos, es sentir diferentes maneras de vivir.
Viajar es una actitud ante la vida, viajar es abrir los ojos, la mente y el corazón, viajar es hacerte rico por momentos, rico no solo en cultura, también en sensaciones, sentimientos y experiencias. 

Afortunada de empaparme de vida de un continente que engancha y fascina, afortunada de compartirlo con la persona que comparto la vida y aún más afortunada de haber empezado esta aventura en Australia hace 2 años y poder seguir compartiéndola con quien empezó.

Afortunada porque si en algún lugar he encontrado la felicidad es en lugares lejanos, rompiendo con todo, lugares diferentes y sorprendentes, lugares que te llevan a cambios interiores, eso si, siempre detrás de mi cámara y en buena compañía. 

Afortunada de todo lo que me llevo al marchar, pero no me voy, me quedo con sus colores, con su vida, me quedo un trocito de África, me quedo para no irme nunca, me quedo sabiendo que volveré.